Asia

Larga noche

 

Hora de poner rumbo al sur de Tailandia con destino final en la pequeña isla de Koh Tao, pero antes nos esperaba un trayecto interesante. Para comprar los billetes de tren, confiamos en internet y en la buena fe de la agencia Thailand Train ticket, que una vez realizada la compra nos entregaría los billetes en el hostal donde teníamos pensado alojarnos durante nuestra estancia ese fin de semana en Bangkok. Y la cosa salió bien, pero lo mejor estaba por venir.

Después de haber pasado el fin de semana recorriendo las calles de la ciudad, entre turisteo y un poco de vida nocturna, el domingo a la noche emprendíamos la marcha. El punto de partida era la estación de trenes de Hua Lamphong.
 

Nuestro tren salía a las 19.30 horas pero llegamos a la estación como con casi 1 hora y media de antelación. Tiempo suficiente para ubicarnos, enterarnos desde qué andén salía el tren y buscar un sitio para comer algo. La actividad de un domingo tarde era bastante animada, gente tanto en los bancos como en el suelo y pendiente de los paneles o los avisos que se escuchaban por megafonía, aunque la verdad no muy claros.
 

El tiempo avanzaba lentamente, las seis y media marcaba el reloj mientras disfrutábamos de un pad thai y un arroz frito con algo de agua y jugo de sandía. Reposar la comida mientras llegaba la hora.
 

Nos habían avisado que debíamos estar unos 20 minutos antes de salir. Ya teníamos ubicado nuestro tren y ahora ibamos en dirección hacia nuestro vagón. Más gente nos acompañaba y se iba subiendo a su vagón correspondiente. Ya sólo ver el tren por fuera, hacía presagiar que sería aún más interesante por dentro.
 

Alberto con los billetes en mano iba inspeccionando los números de las literas en busca de las que nos habían asignado. El interior del tren hablaba por sí solo. Me pregunto de qué año sería el tren en cuestión. Con lo básico, pero suficiente para estar medianamente cómodos durante las horas que pasaríamos allí.
 

 

Último vistazo a la estación desde el interior del vagón, dentro de poco comenzaría nuestro viaje rumbo a Chumphon. Por delante, unas ocho horas de viaje que al final sería dos horas más de las esperadas, gracias al revisor que nos recordó cuando llegaríamos a la estación, aunque llegó a ser un poco inquietante eso de habernos quedado parados en medio de la nada, Alberto en su relato no se dejó ningún detalle por contar, les recomiendo que lo lean si es que no lo han hecho ya.
 

Con el traqueteo del tren después de iniciar la marcha, cervecita en mano mientras se siente la brisa que entra por la ventana. Un poco de palique con nuestros vecinos de litera, unos chinos que iban de camino a Koh Samui a pasar unos días de relax. Poco a poco la gente iba pidiendo que les montaran la litera, dicho y hecho uno de los trabajadores del tren con un arte tremendo, iba montando litera tras otra. Sábanas y almohada incluída, un fenómeno.

Sobre las 9 y poco de la noche cuando se iba notando algo de cansancio, tiempo perfecto para irnos a dormir. Una hora no del todo habitual pero había que darle descanso al cuerpo para el resto de viaje que nos quedaba. El aire del ventilador nos permitiría dormir algo más frescos, una opción mejor que la del aire acondicionado que a veces puede llegar a ser de un frío algo extremo. Eso sí, me extrañó que no apagaran en ningún momento durante el trayecto las luces del pasillo, pero se pudo conciliar el sueño sin problemas.
 

Próxima parada Chumphon y… barquito hasta Koh Tao. Ya queda menos :)

 

Últimos rayos

 

Una nueva semana comienza pero el fin del mes de mayo se aproxima en un par de días. Parece que fue ayer cuando estábamos con Pau y Vero celebrando la llegada del año 2011 y el verano está a la vuelta de la esquina.

Recordando con estas fotos uno de los atardeceres durante el viaje a Penang en el mes de febrero. Con calorcito, brisa agradable por la tarde-noche. Sin duda, era la temperatura perfecta.
 

 

Pasear por la playa mientras el sol dice adiós y la noche va cayendo. La gente que se da el último chapuzón del día o practica alguna actividad: moto de agua o en parapente con lancha motora. Nosotros en cambio, nos lo tomamos con calma. Pasear, comer algo, algunos jugos de frutas (super buenos y fresquitos) y la tranquilidad del hotel.
 

Apuramos estos días de mayo y en el ecuador damos la bienvenida a junio. Con la vista puesta en el buen tiempo, y esperemos que la temporada de tifones se porte para disfrutar del ocio de los findes en la ciudad. Aprovechar mientras el calor no apriete :)

 

Un lugar tranquilo

 

Uno de los últimos sitios que visitamos en Bangkok, dista de ser un sitio a rebosar de gente y nos vendrá genial para desconectar del ajetreo habitual de la ciudad. A pesar de ser un lugar que viene en la mayoría de guías, creo que la gente lo pasa un poco por alto y en parte está bien porque así no está tan saturado. Se trata de la casa-museo de Jim Thompson.

Para llegar hasta el lugar, cogimos el BTS y nos bajamos en la parada del Estadio Nacional que queda prácticamente al lado (parte inferior del mapa). Después de apenas unos 5-10 minutos caminando llegamos a la casa, no tiene pérdida.
 


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¿Y quién es el personaje en cuestión? Jim Thompson fue un americano enamorado de Tailandia, aunque previamente había estudiado arquitectura, se unió al Ejército además de dar servicio a la CIA lo que le permitió ver bastante mundo. Fue Tailandia uno de sus destinos el cual le haría pensar en establecerse de forma definitiva. Impulsor del negocio de la seda tailandesa, a la cual le daría fama mundial. En total estaría 22 años en el país, hasta que en el año 1967 mientras estaba en las islas Cameron Highlands (Malasia) desapareciera misteriosamente, quedando la incógnita de su desaparición. No obstante, su legado continúa en forma de museo, fundación y el negocio de las sedas que ayudó a impulsar.

La que en su día fue su residencia, hoy convertida en museo para el disfrute de los turistas. Lo bueno es que lo tienen organizado en grupos y hay un guía que va explicando un poco de la vida del señor Thompson y algunas anécdotas, así como, detalles de la casa y sus distintos elementos decorativos. Rodeada de abundante vegetación, apenas se escucha nada por los alrededores, casi como si uno estuviera en medio de la selva.
 

 

 

Decidió mezclar el estilo de construcción tailandés junto con el gusto occidental y donde se esconden detalles curiosos como algunos marcos de ventana tallados. La madera es el material predominante, con su sonido particular cuando uno va caminando (descalzos, ya que, es la costumbre), mientras vamos recorriendo el interior de las habitaciones. Lástima que no pudiéramos sacar fotos del interior, así que, les dejo la intriga o que puedan ir a verlo con sus propios ojos :)
 

 

Antes de entrar en la casa, se hace un recorrido por el jardín mientras se bordea y se entra por la parte trasera. El ambiente es muy fresco al estar rodeada de tantos árboles, apenas se notaba el sol, tan sólo algunos rayos que se colaban entre las ramas.
 

 

Algunos de los elementos decorativos de la planta baja como: elefantes o vasijas de cerámica, algunos con unos cuantos siglos de antigüedad. El buen gusto y los materiales nobles no faltan, el señor Thompson sí que sabía rodearse bien.
 

Después de haber terminado la visita y curiosear un poco en la tieda de seda, si lo deseamos, hacer una paradita para tomar un té, café o jugo de frutas. Sentados a la sombrita mientras escuchamos el sonido del agua y el chapoteo de los peces en un pequeño estanque cercano; muy relajante. Suerte que llegamos antes de que cerraran el café.
 

 

Para nuestra sorpresa, había un grupo de gente en pleno proceso de preparación para la celebración de una boda esa misma tarde. Desde luego que el sitio es acogedor y perfecto para reunir a los familiares y amigos.
 

Un rincón de la ciudad que merece ser visitado y tan sólo nos llevará apenas un par de horas visitar. Sólo por romper con la rutina y disfrutar de un lugar tranquilo.

 

Panorámica

 

Para cerrar nuestro día de visitas, aún nos quedaba un último lugar por visitar. Si recuerdan, habíamos estado visitando el buda reclinado para luego dirigirnos hasta Wat Arun (วัดอรุณ) o también conocido como el Templo del Atardecer.

Para ello, antes debíamos montarnos en un bote que nos llevaría hasta el otro lado del río donde el templo nos aguardaba. A lo lejos luce majestuoso pero lo es más cuando uno lo tiene justo encima. El complejo está formado por un total de 5 torres, una central y otras cuatro en cada extremo. Estas torres tan particulares son denominadas “prangs” (torres de estilo Khmer), donde el punto más elevado llega hasta los 104 metros de altura, cualquiera lo diría.
 

 

Lo mejor de este templo, es poder contemplar las cosas desde otro punto de vista y subir hasta lo alto de la torre central. Bien agarrados a la barandilla comenzamos el ascenso. La verdad que el ascenso recuerda un poco a los templos de Camboya, aunque en este uno se siente algo más seguro pero despacito por si acaso.
 

Una vez arriba, sólo nos queda contemplar la ciudad en toda su extensión. El calor a esas horas ya no es tan intenso, se siente algo de brisita a esas alturas.
 

El río Chao Phraya con su actividad constante de barcos tanto de pasajeros como de mercancías.
 

 

Foto aquí, foto allá. O también si lo preferimos podemos dejar nuestra firma en la tela amarilla que se observa a la derecha donde hay mensajes en diversidad de idiomas.
 

Yo por mi parte creo que ya es hora de que comencemos el descenso, digamos que un poco más complejo respecto a lo que se refiere a la subida. Darnos la vuelta y bajar de espaldas es la mejor opción, aunque eso ya depende de cada cual. Lo importante que lleguemos abajo sin tropiezos.
 

Con tiempo suficiente para volver a cruzar el río y volver hasta el punto donde nos debe recoger el bote que nos lleve río abajo, aguardamos a que el sol decida ocultarse. Parece que lo va haciendo tímidamente, momento en el que debemos coger nuestro bote para disfrutar de este templo en todo su esplendor mientras nos alejamos río abajo. ¿Me acompañan? allá vamos…
 

 

A lo lejos sólo se distingue una de las torres ya en la sombra, pronto pasará a ser un punto en el paisaje. Los colores rojizos y anaranjados invaden el cielo, los reflejos del agua; todo un espectáculo para nuestros ojos y que marca nuestro día de visitas. ¡Hasta la próxima!
 

 

Hora de la siesta

 

Si después de haber pasado por el Palacio de Bangkok, podemos acercarnos hasta el templo de Wat Pho. A la hora que fuimos nosotros parecía no haber demasiada gente, nada de colas y pagar los 20 baht de la entrada. Caminar a nuestras anchas recorriendo los edificios del templo.
 

Reflejos brillantes del sol de la tarde, creo que las horas de luz empiezan a escasear.
 

¿Y quién dijo que los budas no podían descansar? ellos también tienen derecho. Un claro ejemplo es el enorme buda reclinado que nos encontramos en el interior de este este templo, sin duda, este buda es el atractivo principal del lugar. Con poco más de 200 años, este buda fue terminado antes de que la capital fuese trasladada a Bangkok. En este lugar fue también donde se originó el conocido masaje tailandés.

A nuestra entrada en el recinto donde se encuentra, nos recibe con cara sonriente, parece como si nos estuviera observando. Un color dorado intenso llena todo el interior de la sala, los turistas van recorriendo el lugar bordeando la estatua en círculo, apreciando los detalles.
 

 

Nada más y nada menos que 46 metros de largo y 15 metros de alto. Aquí se puede ver la estatua en toda su extensión, una obra impresionante que ilustra el paso de Buda al nirvana. Como detalle curioso, decir que los ojos y los pies están decorados con perlas.
 

 

No pueden faltar en los laterales, pequeños altares con ofrendas. Por si acaso nos advierten que no nos sentemos, nunca se sabe cuando llegará algún despistado.Siempre hay que estar atentos para no romper las tradiciones o hacer algo que pueda incomodar a los locales, a nosotros tampoco nos gustaría con lo nuestro.
 

Integrarnos en la cultura y tradiciones del país, aprovechar para echar moneditas en cada una de estas vasijas a medida que vamos recorriendo el buda por la parte posterior. Sonido constante. clin clin clin… una persona tras otra. Me pregunto cuáles serán sus deseos y si se llegarán a cumplir…
 

Por lo pronto creo que vamos a hacer una pausa, igual hasta nos reclinamos un rato, sino ver a buda y seguir su ejemplo que seguro alcanzamos el nirvana echando una cabezadita :)
 

Calmadito

 

Pasan unos minutos del mediodía, nuestra última mañana en Bangkok antes de partir rumbo a nuestro siguiente destino. El equipaje listo y hacer tiempo hasta por la tarde-noche que cogemos nuestro tren. Después de haber salido un poco la noche anterior y sin desayuno en el cuerpo, vamos en busca de nuestro almuerzo. Saliendo del hotel y recorriendo los alrededores, parece que todo está desierto y ni rastro de un sitio donde comer algo, hasta que de repente nos encontramos un cartel de un café-restaurante. Habrá que seguir la pista de las indicaciones y ver dónde nos llevan, al menos parece que tienen cerveza aunque de momento no apetece, demasiado temprano.
 

El exterior del sitio es más que tranquilo. Nos acercamos tímidamente hasta la puerta y parece que el lugar está abierto, al poco de abrir la puerta hay un chico que nos recibe y nos invita a entrar. Buscamos un rinconcito del restaurante. El silencio reina en el sitio, estamos solos pero para qué más.
 

El menú listo para ser hojeado y decidir cuanto antes, y es que las ganitas de comer están apretando. ¿Cuál será la elección de esta vez? bien sea un arrocito o unos noodles salteados, pollo o unas verduritas… todo es bienvenido. Las fotos indican que los platos tienen bastante buena pinta, son tentadoras.
 

Nada mejor que un poco de agua fresquita para saciar la sed y mientras esperamos a que la comida llegue. El día amaneció más caluroso y el líquido elemento es algo imprescindible mientras uno recorre las calles de la ciudad, e intentar buscar la sombrita si es que nos hemos olvidado de llevar una gorra. En el café estamos a salvo del sol y bien fresquitos, pero sin excesos de aire acondicionado.
 

La presentación del plato: impecable. Un arrocito salteado y envelto en una finita tortilla, hasta pena da tener que romperlo, ¿no les parece? Muy currado, y de sabor mejor aún. Recomendación personal, darle un ligero toque con el zumo de la lima :) La elección de Alberto fue un pollo ligeramente frito y acompañado de arroz blanco, que tenía muy buena pinta y a juzgar por lo que dejó, estaba muy bueno también.
 

Y no podíamos pasar nuestro almuerzo sin unas verduritas salteadas, los típicos morning glory que siempre triunfan, con ligero toque picantito pero agradable.
 

Un trato amable, comida buena y genial de precio; no se puede pedir más. Con las pilas cargadas después de nuestro almuerzo, decidimos que es la hora de continuar la marcha y buscar la siguiente parada del día, aún quedaban horas por delante, pero con calmita, disfrutando del paseo con el estómago lleno.

 

Pateando

 

Una de las visitas imprescindibles en Bangkok es la del complejo del Gran Palacio donde se encuentra el templo de Wat Phra Kaew (templo del Buda de Esmeralda). Los edificios reconocibles fácilmente en la distancia, su estructura peculiar puntiaguda y los bordes de los tejados, particular del estilo tailandés en los templos.

La construcción de este templo se iniciaría en el año 1785 durante el reinado de Rama I, el cual decidió trasladar la capital desde Thonburi hasta Bangkok. Uno de los pasillos nos lleva hasta uno de los laterales del complejo, eso sí, antes de entrar debemos asegurarnos de haber adquirido nuestros pantalones largos ya que es una costumbre de respeto al entrar en las instalaciones. Basta con pagar un depósito de 200 bahts que nos será devuelto a la salida.
 

El paso de los turistas de un lado a otro mientras los locales hacen sus ofrendas. El silencio es una constante, a veces sólo interrumpido por el sonido de algunos rezos de los monjes. El calor aprieta y a veces es necesario buscar la sombrita que ofrecen los rinconcitos de los edificios, tomar un poco de agua y seguir recorriendo el complejo.
 

 

 

Nos encontramos con una réplica del templo de Angkor Wat de Camboya, ya que, la cultura tailandesa y la camboyana comparten orígenes.
 

 

El lugar está repleto de detalles que vale la pena observar. Trabajo minucioso, pieza a pieza y todas en armonía. Los colores verde, rojo o azul y sin dejarnos el dorado; se reflejan con los rayos del sol, figuras resplandecientes día tras día. Es todo un trabajo de filigrana.
 

 

En su edificio principal se encuentra el pequeño buda de esmeralda que originalmente fue creado en la India, pasando por Laos y acabando finalmente en la capital tailandesa. Es todo un símbolo para el pueblo. Ahí lo podemos ver al fondo sobre su trono y con uno de los mantos que acostumbra a llevar. La foto no es todo lo buena que me gustaría, y es que en el interior no está permitido sacar fotos y uno debe aprovechar antes de entrar al interior del recinto. Ahh! y otro dato, cuando nos sentemos, nuestros pies no pueden apuntar hacia el buda, tienen que estar recogidos hacia un lado o mirando hacia atrás en señal de respeto.
 

No pueden faltar los grabados en las paredes de los pasillos interiores, de gran riqueza. Se pueden ver representadas escenas de batallas en medio del campo, de fondo templos junto con montañas y árboles. A veces parece como si quisieran salirse de la pared..
 

Lugar fresquito para sentarse y descansar, que hace falta ya que aún quedan más cosas por ver. El templo con el buda era sólo una parte, pero ya va quedando menos.
 

La otra joya que nos quedaba por visitar es el Chakri Mahaprasad Hall, edificio de estilo renacentista italiano. Una mezcla entre lo local y lo europeo, edificio que sigue siendo usado activamente para oficiar algunas ceremonias y es custodiado en su exterior por unos guardas de aspecto impecable.
 

 

Y esto sólo era el comienzo de nuestro día de pateo. Aún quedaba cosas por ver, sigan atentos.

 

Georgetown

 

Así como quien no quiere la cosa, se han venido a juntar entradas algo parecidas. Si bien ayer eran las calles de Kowloon, hoy cambiamos de escenario y nos vamos a trasladar hasta Malasia y más concretamente a Penang.

La ciudad de Georgetown es el núcleo principal de esta isla, que a lo largo de los años ha sabido conservar sus edificios históricos y conseguir una identidad propia. Por ello es considerada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO desde el año 2008. Destacan sus edificios de estilo colonial y de vivos colores. Ciudad en la que conviven varias culturas como la china, malaya e india por nombrar algunas, con sus barrios diferenciados que hacen la hacen más peculiar si cabe.

Remontándonos un poco en la historia, en sus orígenes a Penang se la conocía como “Pulau Pinang” o “Isla de la Nuez de Betel”. Sería en el año 1786 cuando el capitán Francis Light pisara la isla por primera vez, pero no sería hasta años más tarde y por la insistencia del mismo que conseguiría un trozo de tierra que formaría la ciudad de Georgetown tal y como se conoce hoy en dia, estatus que conseguiría en el año 1957 otorgado por la reina Isabel II. Su puerto gozaba de bastante actividad debido al comercio de té, especias, porcelana y textil.
 

Como muestra tenemos el ayuntamiento que aparece en la siguiente foto.
 

 

En cambio otros, de aspecto algo más descuidados pero que le dan su cierto glamour ¿No les parece? aunque una manita de pintura lo haría lucir con más esplendor. Es bonito que haya un equilibrio entre los viejo y lo nuevo, lo cuidado y lo descuidado, ambos se complementan; más motivos para poder disfrutar de los encantos de esta ciudad con tanta historia y tradición a pesar de sus pocos siglos de vida.
 

La zona de Little India con sus tiendas de telas, compra/venta de oro, los últimos cds musicales o también puestos de comida. Son olores que se mezclan en el aire, el del curry junto con las varillas de incienso y el de algunas flores, música a gran volumen y gente activa.
 

 

Las calles del barrio de China Town desiertas en una tarde de sábado. Fue algo un poco inesperado, porque siendo fin de semana, pensábamos que habría más actividad y nos equivocamos. Eso igual es porque ibamos con el chip de Hong Kong y sus calles y/o tiendas non-stop, o casi.
 

Se empieza a hacer de noche por los alrededores de la la mezquita Kapitan Keling, y eso que apenas son las 6 y media de la tarde.
 

Ahí es cuando llegó el momento de improvisar la cena de aquella noche, pero que resultó más que satisfactorio. Les dejo por hoy que se hace de noche y el fin de semana ya da comienzo, nos leemos el lunes :)

 

Sencillito

 

Uno se ve con ganas de comer después de haber estado pateando un buen rato, el sol parece que aprieta más y los restaurantes escasean por la zona. El desayuno de aquel día hacía tiempo que estaba más que digerido y el cuerpo nos estaba pidiendo algo más de sustancia. Alberto hacía uso de la guía para ver si daba con algún restaurante próximo pero esta vez no había suerte, teníamos que improvisar. Al poco nos encontramos con un sitio muy local a la vuelta de una esquina, ni el menú en inglés pero al menos con fotos que eso siempre ayuda.

Nos sentamos a la mesa, Coca Cola fresquita frente a nosotros mientras esperamos que lleguen nuestro plato. A la vista además de unas botellas de agua, condimentos varios para darle un toquito distinto a nuestra comida. Mejor no pregunten qué es lo que había en el vaso con el logo de Fanta (¿años 60?), pero con el colorcito y oliendo un poco, sabemos que es potente. Más de lo mismo en los otros envases..
 

¡Buenoo! la comida ya está aquí, vamos allá ¿Qué habrán pedido estos dos muchachos? una “especie” de tortilla con algo de verduritas, brotes de soja, además de algunas gambitas y mejillones. De aspecto y sabor crujiente, aderezada con un toque de salsita picante pero suavita, nada que ver con la que comentaba anteriormente, aunque antes probar un poquito para no llevarse una sorpresa :)
 

Desde luego que el plató entró de maravilla. Calmada nuestra sed y nuestro apetito, ahora podíamos reposar un poco la comida al fresquito de los ventiladores del local. En los alrededores todo muy tranquilo, mientras el cocinero seguía afanado preparando algunas tortillas más, gente que esperaba su pedido para llevarlo a casa. Algunas personas más comen en silencio sus noodles, hay intercambios de miradas y sonrisas. Creo que son pocos los extranjeros que habían pasado por ese pequeño local, quien sabe cuándo vendrán los próximos.

Si es que a veces, las cosas más sencillas resultan ser las más ricas, ¿no les parece? seguro que el día de hoy habrá sido otro más en los que “tortillas” y noodles habrán sido despachados a más clientes y sin perder la sonrisa. A veces no hace falta hablar el mismo idioma, un simple gesto basta.

 

Moverse por Bangkok

 

Cuando uno llega a una ciudad nueva, una de las primeras cosas que uno suele mirar es ver cuál es la mejor forma de moverse por ella, aunque de todas formas la ciudad de Bangkok no era nueva para nosotros. En mi caso, era la segunda visita pero hacía ya tanto tiempo que las sensaciones eran como si volviera a descubrirla.

Habiendo llegado el día anterior de noche, uno poco puede apreciar los detalles que se ven durante el día pero antes nosotros una ciudad de grandes proporciones. Sólo el trayecto desde el aeropuerto hasta el centro son casi 40 minutos, circulando por autopistas amplias y bastante bien cuidadas. A esas horas de la noche, no son muchos los coches que circulan y el tráfico es bastante fluído. El taxista que me acompañaba era bastante simpático aunque a veces su inglés era un poco difícil de entender con lo que yo me limitaba a seguirle la corriente y sonreír un poco :) Finalmente parece que llegábamos a las cercanías del hotel pero el conductor dudaba un poco y tuvo que recurrir a una llamadita de teléfono para orientarse. Suerte que Alberto me había hecho las indicaciones y el número de teléfono, hacía un rato que había llegado al hotel y esperaba a que apareciese. Siempre tengo una suerte, con algún retraso de por medio, pero al menos llegar sano y salvo. Ahora tocaba descansar y aprovechar el día siguiente para hacer turisteo por la ciudad.

Como nuestro hotel quedaba muy cerquita del BTS, más concretamente la estación de Surasak, decidimos empezar nuestro recorrido desde ahí y en dirección al río. La vez anterior no llegué a usar el tren sino que fui caminando a casi todos los sitios y eso a pesar del calor que hacía, un buen ejercicio.
 


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La estación de lo más tranquila, con apenas gente. Se nota que es fin de semana, pero creo recordar que serían un poquito más de las 10 de la mañana. Será que la gente aún le costaba despertar y se toman las cosas con calmita. Alguna gente local y algún que otro turista a un lado y a otro de las vías a la espera del tren que a los pocos minutos no tarda en aparecer. Un medio de transporte cómodo y muy práctico.
 

Igual la distancia a pie no era demasiado, sólo 2 paradas, pero así nos evitaríamos el intenso sol que empezaba desde bien temprano, aunque ya tendríamos tiempo más tarde de patear visitando algunos templos y sitios de interés. Bien es cierto que iba sin ningún plan en mente y me dejé llevar por Alberto que había sido más previsor trayendo consigo la guía de Tailandia. Vamos allá..

La idea era coger un barquito para navegar por el río Chao Phraya para luego ir parando en las distintas estaciones e ir viendo algunos sitios de interés. Había la posibilidad de comprar billetes sencillos o bien coger un bono válido para todo el día y pudiendo coger el barco cuantas veces quisiéramos. No le llegamos a sacar tanto partido, pero así nos evitamos tener que estar comprando billetes en casa ocasión.
 

Edificios a un lado y a otro del río. Pequeños muelles donde la gente se sube y baja para cruzar al otro lado del día, contrastan con edificios altos que suelen albergar hoteles de prestigio como: The Peninsula, Mandarin Oriental…
 

Un agradable paseo en barco que te da otro punto de vista de la ciudad. Huyendo del calor del asfalto y sintiendo un poco de brisa a pesar de un día caluroso pero sin llegar a ser húimedo, que se agradece. Construcciones entremezcladas y que se pierden hasta donde la vista alcanza. Casas que flotan parcialmente sobre el agua, picos de templos que se “esconden” más hacia dentro.
 

Al rato, parece que nos estamos aproximando a una de nuestras paradas. Hay que ir preparándose cerca de la salida, ya que, el barco para tan sólo unos instantes y continúa su marcha río arriba o abajo, según se mire. A nuestro paso por la calle, hay otro medio de transporte muy característico y que hay que probarlo una vez aunque sea: el tuk-tuk. Un triciclo motorizado que recorre las calles de Bangkok a gran velocidad y cuyo sonido del escape, es el que le da su nombre tan peculiar. Siempre revolucionados y dispuestos a llevar clientes a cualquier parte, conductores un tanto insistentes y con grandes habilidades al volante. ¿Se han montado en alguno?
 

En esta ocasión no hicimos uso del tuk-tuk y después de sendos paseos en tren y barco, optamos por caminar callejeando, que es la mejor forma de descubrir la ciudad. Aquellos sitios que no salen en las guías y que te encuentras al doblar una esquinita, es la magia de viajar y descubrir sitios nuevos.