Pim pam

 

Seguro que habrán notado la ausencia de posts en el blog durante la semana pasada y es que como algunos sabían, aunque esta vez con las cosas de última hora no tuve tiempo de mencionar nada, me fui de vacaciones la semana pasada a Indonesia. Compañeros de viaje Alberto y Dani, y la zona de Raja Ampat como misión.

El viaje salió a pedir de boca incluso hasta en los cálculos nos sobró un día, pero mejor así que no ir luego más apurados. No fue el típico viaje de relax, sino con sus dosis de aventura y con anécdotas que recordaremos durante bastante tiempo.

Lo peor de todo es cuando se va acercando el final y uno tiene que hacer el viaje de regreso. El día del domingo lo pasamos viajando hasta llegar a Jakarta por la tarde y luego tener que hacer tiempo para posteriores vuelos de conexión. La vuelta al trabajo el lunes y ponerse con las cosas que hayan sucedido durante la semana pasada en nuestra ausencia, que sorprendentemente se dio mejor de lo que esperaba, nada mal para haber sido lunes.
 

Y no es que mi trabajo sea de pico y pala, pero todos tenemos nuestro síndrome post vacacional, verdad como un templo. Por suerte en una semanita uno no da tiempo a asimilarlo del todo pero vino genial para desconectar, estar en contacto con la naturaleza, zonas donde apenas había cobertura de móvil y menos internet. Aprovechar para leer, contemplar los atardeceres, charlar antes de ir a dormir y a dormir digamos que prontito; otro estilo de vida.

Ahora me queda organizar las fotos del viaje y algunos vídeos también. Momento de compartir con todos la experiencia del viaje con texto y sobre todo las imágenes. En unos días empezaremos con ello, sean pacientes, estamos en obras 🙂

 

Rural

 

La esencia de la isla en sí nos encantó pero algo que disfrutamos más aún fue el poder adentrarnos en pueblecitos de montaña muy bien conservados y con un encanto especial. Empezamos la ruta desde la zona sur-oeste de la isla y subimos en dirección a Soler situado más al norte. La carretera nos iba guiando a medida que ascendíamos, monte por todos lados y con pocos coches en el ascenso y de vez en cuando algunos que venían de vuelta, puede que de camino al centro de la ciudad u otros núcleos de población cercanos. Me imagino aquellos que vivan en medio del monte, un sitio ideal para estar aislado de todo pero una pequeña odisea cuando se trate de ir a comprar cosas, algo que me recuerda a algunos sitios del sur de Tenerife. Lo que empezó como un día algo gris, más tarde se convertiría en un día de cielo azul y sol radiante.
 

El paisaje en sí merecía que a cada poco tuviéramos que parar y sacar algunas fotos. La vista de la costa con el verde de la vegetación y de repente el vacío, rocas afiladas y más abajo el mar rompiendo con fuerza. Se notaba el soplo de la brisa y de vez en cuando algo de bruma pasaba de largo, se notaba que habíamos cogido altura.
 

 

Creo que apenas habíamos hecho una hora de camino y aún nos quedaba por recorrer. La carretera sinuosa, de esas que uno se tiene que tomar con calma. Algún tramo de bajada y al poco ascendíamos de nuevo, con alguna paradita más de por medio para estirar las piernas.
 

Al paso por una zona menos elevada en la que poco a poco se va divisando un pueblecito entre la vegetación, apenas unas pocas casas lo conforman mientras la bruma de las montañas observa desde lo alto. Ahora toca del pedal del freno, casi sin tener que acelerar nos vamos dejando llevar por la inercia mientras atravesamos zonas de vegetación con arbustos y también olivos.
 

La zona gris del día terminaría más adelante, el cielo más despejado y otro verde ante nuestros ojos. La disposición escalonada del terreno y a modo de terrazas descendiendo por los laterales del terreno. Puede que sea para el cultivo de la uva. Desde la distancia en la que estábamos no se podía apreciar del todo bien.
 

Y las fachadas de las casas de los alrededores, todo en piedra como antaño y con portalones de madera, súper bien cuidado todo. Anda que vivir en una de estas, seguro que son de lo más acogedoras por dentro. Nada como las casas de antes 🙂 Un pueblo de paso que en apenas un momento, que tan pronto entrabas, ya estabas saliendo, pero con un entorno muy acogedor.
 

Con unos cuantos kilóemtros ya recorridos y la hora de comer acercándose, lo mejor era hacer una paradita más seria. El nombre del pueblo Deià, un lugar excelente. Rodeando de pinos, con casas preciosas y donde comimos de maravilla.
 

La carretera estrechita que pasaba por mitad del pueblo y con muy poco sitio para aparcar, con un guardia vigilando que todo el mundo respetase las zonas de aparcamiento. Nos tuvimos que ir un poco más hacia el final del pueblo y regresar caminando, pero al menos con garantías de no encontrarnos multa a nuestro regreso. El pequeño paseíto desde el coche hasta el núcleo urbano, una buena excusa para poder ver los negocios locales como restaurantes o tiendas con productos de la zona.
 

 

Cada pocos metros algún cartel en la pared con los platos del menú del día. Ya iba apeteciendo comer algo y tomarse algo fresquito a la sombra. Después de ver un par de sitios, encontramos el nuestro ¿podrán esperar a la siguiente entrega? …
 

 

Vida local

 

La mejor forma de experimentar las ciudades que visitemos en nuestros viajes es ir a los sitios de actividad, donde la gente local se concentra. No será difícil de localizar cuando veamos un grupo de gente que rodea algún puestito o algún vehículo. El simple afán de curiosidad nos hará acercarnos a ver qué está ocurriendo allí.

En uno de los laterales de la calle tenemos un mercadillo improvisado en el que podemos encontrar tanto comida como bebida. Puestos uno al lado del otro, un sitio atractivo y con precios baratos en los que comprar nuestro almuerzo o comer alguna fruta.
 

Algunos tan sólo necesitan llevar su furgoneta repleta de durian, una báscula y poco más. Un negocio móvil en toda regla y donde sólo hace falta una mesita en la que partir la fruta. La gente puede optar por llevárselo a casa o sino, se puede comer ahí mismo. Nosotros probamos la experiencia 🙂
 

Los fritos es algo que parece gustar mucho, abundan en muchos de los puestos. Seguro que a modo de aperitivo y con alguna bebida fresquita de sandía o mango no son mala combinación.
 

Hay bastante variedad, desde carnes, pescado, arroz y verduras. Uno va eligiendo de aquí y de allá, se lo ponen en una cajita de corcho blanco y listo, para llevar a casa o igual para comer en la oficina.
 

 

Algunos aún estaban preparándose para empezar a recibir clientes. Ver que todo esté en orden y empezar a cocinar en un ratito con todos los ingredientes a punto. Me recuerda a cuando Alberto y yo comimos una tortilla con gambitas y brotes de soja en Bangkok, el hombre aquel tenía un arte.
 

 

Pesca

 

Hay cosas que no cambian y en un paseo de domingo por Tung Chung, uno se da cuenta que hay gente que no renuncia a sus rutinas o digamos, a sus placeres. Personalmente, nunca me he puesto a pescar pero sí tiene que ser una actividad muy satisfactoria cuando se le da bien el día. Lo mejor sería tener un compañero de faena pero tampoco tiene nada de malo el ir solo, seguro que terminamos encontrándonos con alguien para charlar mientras esperamos a que piquen en el anzuelo.

A pocos pasos de donde vivo, podemos dar un agradable paseo y con vistas al aeropuerto. Es también un sitio ideal para salir a correr o dar un paseo en bicicleta.
 

Soy de los que prefiero observar como hace este señor y ver cómo otros se manejan con las cañas de pescar. Y ahí donde lo ven, el señor del fondo de la foto, estaba con tres cañas el solito. Eso si que es ser multitarea 🙂
 

Al ratito de pasar lo pillaría sentado preparando una de ellas mientras espera su suerte con las otras y llevarse algún pescadito a casa. Aunque no sé si lo que pesque será para su consumo propio o más bien será por el mero hecho de distraer la mente y pasar un rato entretenido. Cuando domine más cantonés, no estaría de más poder preguntarle.
 

El muellito donde de vez en cuando llega algún ferry que conecta con la zona de Tuen Mun o Tai O, es un buen lugar para sentarse y sentir el romper de las olas. Por momentos la corriente del estrecho que separa el aeropuerto de la costa de Tung Chung pega con intensidad.
 

Hasta que poco a poco se va haciendo de noche y con el brillo de las farolas siguen haciendo afanados con lo suyo. Creo que como mucho algunas horas más y para casa, a no ser que cuando se hace de noche salgan más pececitos y sea el mejor momento del día para hacer capturas. Desde luego que es una práctica habitual y más aún cuando es fin de semana y el tiempo sea estable sin mucho viento, frío o lluvia.
 

Una vez terminan, toca recoger los bártulos e iniciar el camino de vuelta a casa. Seguro que muchos de ellos son gente de la zona, pero seguro que otros vienen desde un poco más lejos. Nada como el mar para desconectar un rato y mejor aún si uno practica uno de sus hobbies favoritos.